12 oct. 2014

Burocracia de la certificación en la UACM: el fracaso de una idea pedagógica



La burocracia de la certificación en la UACM afecta todos los niveles de la universidad: representa un derroche de recursos, tramitología absurda para estudiantes, vuelve al docente en especialista del trámite, y alimenta la cultura de la simulación educativa.


Esta burocracia lleva las huellas de la historia contradictoria de la universidad, donde la promesa de un "paradigma psicoeducativo alternativo" fracasó devorado por el peso de una práctica social que reproduce semestre tras semestre la misma educación universitaria de siempre.

De forma breve recordemos las burocracias conocidas de la calificación en las universidades. Lo más usual es que la inscripción de un estudiante registra en el sistema dos cosas, la inscripción a un grupo de materias y una etiqueta por la que obtendrá una calificación (números o letras). Así pasa por ejemplo en la UNAM. En ese régimen el profesor ingresa al final de curso los datos al sistema o llena una lista impresa que le proporcionan en la oficina correspondiente, y el estudiante verifica la calificación en su historial o kardex. Hay otros modelo donde el profesor no tiene ninguna injerencia en la administración de la calificación, como en las instituciones que aplican exámenes departamentales (por ejemplo, la Iberoamericana).

En la UACM la inscripción a cursos es un procedimiento diferente de aquel que administra su calificación (certificación en la jerga de la UACM), cada uno con una oficina (coordinación) distinta, y sistemas de información separados. El estudiante debe inscribirse a sus curso, y luego, inscribirse a sus certificaciones. Esta forma de administrar las calificaciones genera problemas de los que todos se quejan pero soportan como si fueran naturales a la institución: 



  • al estar separadas las bases de datos de inscripción y calificación la universidad no cuenta con información básica sobre su matrícula estudiantil (o hay que hacer malabares o inferencias para saber algo como "de los tantos que se inscribieron a tales cursos de tal licenciatura tantos certificaron, tantos no")
  • la coordinación de certificación ha cristalizado históricamente un procedimiento tan complicado que raya en lo absurdo, pletórico de firmas, validaciones, idas y vueltas por sellos, calendarios, listas en el sistema, listas en papel, nombramientos, formatos... Procedimiento que se pone en marcha dos veces al semestre, absorbiendo no sólo el recurso humano del área de certificación (que tiene una oficina central y una en cada plantel), sino también el de los profesores, y somete a los estudiantes a un calendario de trámites innecesarios.
  • esta actividad administrativa es ociosa, un derroche de recursos humanos y materiales que podrían ser utilizados con mayor provecho.
  • la burocracia de la certificación termina engullendo el tiempo de la enseñanza-aprendizaje, obstaculizando los esfuerzos de docentes y estudiantes en la construcción de un proyecto alternativo de educación universitaria. 





¿Cuál es el origen de esta burocracia de la calificación? 

No sé cómo es que en la práctica se cosificó este modelo, ojalá que los compañeros que estuvieron los primeros años en la universidad nos comentaran al respecto. Desde mí análisis, una idea que tenía buenas intenciones pedagógicas terminó institucionalizando una práctica que en los hechos desbarrancó los propios principios educativos para la que fue implementada. La idea del primer rector de la UACM, Manuel Pérez Rocha (digo que es suya porque la ha defendido en múltiples publicaciones), es que separando la evaluación de la certificación es posible evitar los efectos perversos que la calificación genera en los procesos de enseñanza-aprendizaje. 

Antes de argumentar la equivocación de esta idea, repasemos qué dicen la Ley de Autonomía de la universidad y su proyecto educativo sobre la certificación. La Ley de Autonomía, en su artículo 14 dice:
El otorgamiento de certificados, diplomas, títulos, grados y reconocimientos tendrá como condición ineludible y única la demostración de los conocimientos y competencias que dichos instrumentos amparen.
*Por instrumentos se entiende "exámenes, pruebas y otras evaluaciones". 

En el inciso I del artículo 6, la certificación queda como "interés legítimo de los estudiantes" (algo diferente a 'derecho' como en muchas ocasiones se ha denominado, pero en esto, como en gran parte de sus enunciados, la legislación es oscura).

Esta disposición de la certificación, de la cual surge la necesidad de una oficina específica distinta a la que administra las inscripciones, fue justificada por medio del Proyecto Educativo de la UACM: 


En la UACM, la evaluación para certificación tiene la finalidad de dar fe de los conocimientos y habilidades que el certificado ampara. En este sentido, se trata de un procedimiento de carácter jurídico-administrativo, separado de los procesos de enseñanza y aprendizaje y las evaluaciones formativas. El diseño de este esquema obedece a la necesidad de garantizar una plena confiabilidad de los certificados que la universidad expide, en tanto que dan cuenta real de los conocimientos adquiridos.

Otra finalidad es la de separar la certificación de los procesos de enseñanza y aprendizaje para que los estudiantes centren su atención en aprender, que valoren y disfruten sus procesos para lograrlo y los conocimientos que construyen, sin la presión de un momento único preestablecido para certificarlos. Con esta medida se busca favorecer el interés por el conocimiento, los procesos de aprendizaje y el deseo de seguir aprendiendo.

Esta modalidad permite que los estudiantes se presenten a certificar conocimientos cuando saben que tienen la preparación necesaria para demostrarlos, en vez de hacerlo de manera mecánica, sólo porque se ha concluido el periodo semestral. Hace posible también, que cualquier persona que se registre para ello pueda presentarse a certificar sus conocimientos en cualquiera de las materias que integran la oferta curricular de la UACM, sin importar dónde, cuándo o cómo los obtuvieron.

En la UACM estos procesos están a cargo de la Coordinación de Certificación que, a través de los comités de certificación elegidos por las academias, trabaja en el diseño y aplicación de instrumentos y en la revisión y emisión de resultados.



En los párrafos anteriores se expresan propósitos con los que es difícil estar en desacuerdo, o ¿quién querría que los estudiantes no valoren el proceso de aprendizaje y los conocimientos que construyen?  Es una intención que parte de cierto diagnóstico, el de que en la universidad convencional los estudiantes no valoran el aprendizaje y el conocimiento por sí mismo, sino sólo como medios para lograr la calificación. Sin embargo, la idea de la separación de evaluación y certificación tiene dos errores clave.


El primer error es epistemológico, y es propio del llamado enfoque constructivista del aprendizaje desde cual se fundamentó el proyecto original de la UACM. Este enfoque nunca logró ajustar sus principios a las realidades escolares y educativas concretas, más bien al contrario, intentó sujetar estas a una idealización de la enseñanza-aprendizaje. El ideal del aprendiz activo es un sujeto abstraído de su íntima imbricación en lo social, un sujeto desencarnado, vacío de contenidos de la vida cotidiana, y visto siempre como poseedor de una mente racional, universal y aséptica, formado de estructuras lógicas y disposiciones motivacionales cuasifísicas que son, como hubiera querido el viejo Kant, libres de contingencia histórica.


Es desde esa idealización que es posible imaginar que el conocimiento es un ente que un individuo anónimo (cualquier estudiante matriculado independientemente de su identidad, historia, deseos) puede mostrar frente a unos instrumentos (examen, pruebas u otras evaluaciones). Un ente que está dado de una vez, acabado y estático, definido en los programas de estudio y los perfiles de egreso. Un conocimiento que no puede ser apropiado, recreado y transformado porque el examen que otorga la prueba para el certificado no puede por principio incluir lo nuevo. La idea de que cualquiera puede demostrar ese conocimiento se sustenta sobre una epistemología racionalista mal llevada al campo de lo instituido.





Esta idealización del sujeto constructivista se amalgamó (por razones que exceden este texto) con los discursos de la reforma educativa global (UNESCO, OCDE por ejemplo) y con la cultura tradicional de la escuela. Formando una mezcla que ha permitido la justificación cientificista de las reformas desde los años ochenta del siglo pasado, hasta llegar a legitimar el discurso de la evaluación que hoy esgrime la reforma de Peña Nieto. La escuela tradicional por su parte se acomodó muy bien al constructivismo para dar vino viejo en odres nuevas: los famosos objetivos de aprendizaje se convirtieron rápidamente en objetivos de conducta.


La soberbia de un enfoque psicopedagógico que cree poseer la fórmula para educar a cualquier sujeto, con la condición de que sus contenidos históricos se queden en la puerta de la escuela, se estrella finalmente contra la realidad social que pretendía sortear. La escuela no cambia, es como una plastilina dura que cuesta mucho trabajo modelar, y que lentamente regresa a su forma original.


El segundo error clave se infiere de lo anterior y se constata en que el proyecto educativo (y la propia Ley) son ciegos a las realidades de los estudiantes y docentes que forman la comunidad de la UACM. Durante los primeros años, antes de la masificación de la universidad, fue posible establecer un modelo “centrado en el aprendiz”, en el que las contradicciones que ello implica podían controlarse de manera doméstica, cara a cara. Una vez que la matrícula, por razones políticas y de presupuesto, explotó, también las contradicciones ya contenidas comenzaron a florecer.


La certificación como es realizada en la práctica actual está completamente desposeída de aquellos ideales de una comunidad universitaria motivada intrínsecamente en el aprendizaje. Las evaluaciones formativas que acompañaban el proyecto inicial con el propósito de ayudar a mejorar continuamente los procesos de enseñanza-aprendizaje se han transformado en exámenes parciales y porcentajes de asistencia. De la colegialidad entre docentes como proceso necesario para el diseño, aplicación y perfeccionamiento continuo de los instrumentos de certificación no ha quedado más que un cascajo administrativo: el trámite de un comité unipersonal que requiere la firma analógica y digital de otro docente.




Hay excepciones por supuesto, pero incluso los profes más militantes se enfrentan cada semestre a una inercia agobiante. Puedo referir a los muros de Facebook de docentes de distintos ciclos y asignaturas que estallan, se lamentan, entran en crisis y buscan explicaciones a la conducta de una mayoría de estudiantes que buscan pasar el curso como sea. De la misma manera puedo indicar el testimonio de estudiantes que se enfrentan al absurdo autoritarismo de profes que reproducen tácticas de control y calificación que yo conocí cuando estudié hace veinte años la licenciatura.


Hace tiempo que me parecía necesario escribir sobre la ociosa y desgastante burocracia de los procedimientos de certificación, pero me desmotivaba lo gris del tema, hasta hace unos días que escuché en Radio Pasillo el rumor de que los profesores podemos ser auditados (sic) por errores en sus procedimiento. Lo cual, de ser cierto, llevaría la situación de lo absurdo a lo monstruoso, digno de una pesadilla kafkiana.


¿Qué hacer con la certificación? No hay argumentos para mantenerla, al menos no argumentos pedagógicos. Transformar los procesos de evaluación, construir un modelo diferente sigue siendo necesario, pero uno que se plantee con seriedad la inclusión de los sujetos enteros y la complejidad de sus realidades sociales. Entre ellas que el cambio de la práctica docente pasa por un cambio cultural, algo para lo que ningún enfoque psicopedagógico está preparado.


Muchos profesores estaríamos felices si el monstruo burocrático desapareciera, pues su tramitología se ha convertido en un fardo insoportable, y el hecho de que la plastilina haya regresado a su forma original no ha impedido que continuemos trabajando en equipo, evaluando y modificando los programas, innovando nuevos métodos de enseñanza (incluyendo las evaluaciones), conociendo a los estudiantes como personas, colegas de proyectos y maestros, disfrutando aprender y enseñar.

*Este texto en PDF
**Una muestra de lo que hacemos con la evaluación en la UACM se puede consultar en mi blog Aula Abierta










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1 comentario:

  1. En definitiva hacen falta nuevas formas de enseñanza encaminadas a rehumanizar el proceso educativo como vía para revertir los enormes índices de reprobación y deserción que existen no solamente en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México sino en todas la universidades públicas del país y que mucho tiene que ver con los aspectos pedagógicos del saber cómo educar y donde la UACM propone (al menos en teoría) desarrollar nuevas formas de educar y que son distintas a las convencionales, así como impulsar una enseñanza fundada en un modelo de aprendizaje que brinda a los estudiantes atención personalizada a través del sistema de asesorías y tutorías en el que los maestros (que debieran ser todos de tiempo completo) apoyaran el aprendizaje de los estudiantes y los orientaran en el diseño de su trayectoria escolar en el marco de una estructura curricular flexible donde los alumnos serian calificados por logros y objetivos cumplidos mas no por una calificación pero, ¿Sera que el proyecto original de la UACM se ha infectado de la misma enfermedad que las otras instituciones? O tal vez, nosotros como estudiantes ¿tendremos tan arraigados los antiguos métodos que nos aferramos a obtener un 10 de calificación? Porque si el de 8 pasa y el de 10 también ¿que nos diferenciaría? ¿Realmente nos apoyamos en los profesores? Pienso que estas preguntas dan lugar para que entre ellas se manifieste la burocracia, que no deberíamos criminalizarla tampoco pues sin duda la burocracia ha hecho eficaces muchas instituciones incluida la nuestra. Aunque, realmente debo admitir, que si me parecen engorrosos los tramites de certificación y la inscripción es un verdadero dolor de cabeza, donde uno como estudiante se da uno cuenta de la incapacidad que tiene la Universidad en el área de control escolar para llevar un buen control de los estudiantes pues de “control escolar” le falta muchísimo por trabajar, otra aberración del sistema son los periodos intersemestrales, donde la mayoría de los estudiantes lo único que desean es aprobar la materia sin importar si existe realmente un aprendizaje pues es un método que te presiona y te obliga a solo querer certificar puesto que al estar dentro de las fechas del semestre en curso tienes que partirte en dos para poder “aprobar”. Finalmente como bien lo dice usted, todo esto no impide que continuemos trabajando en equipo como una verdadera “COMUNIDAD” modificando los programas e innovando siempre para utilizar después el que mejor se ajuste a las necesidades de los estudiantes y profesores. Eso lo aprenderemos conociéndonos como colegas, como iguales y entendiéndonos como una célula, disfrutando esta etapa de la vida de estudiante donde mejor se puede explotar el conocimiento racional.

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